viernes, 13 de mayo de 2011

Experiencia descrita por Renato Oliva

En realidad, visitar una nueva asociación religiosa diferente a la que yo estaba acostumbrado fue algo que no me esperaba. Desde que ingresabas al templo japonés Mahikari, se podía sentir una energía diferente, quizás proveniente de la gente que lo habitaba. Todo se encontraba completamente impecable y ordenado, la gente se saludaba mutuamente, se reía, se miraba e intercambiaba pequeñas conversaciones en el camino. 

Una vez en la puerta, una de las condiciones para poder tener acceso a todos los pabellones del lugar era que debíamos necesariamente quitarnos los zapatos, envolverlos en una bolsa y depositarlos en unos casilleros de madera a unos cuantos metros a la izquierda de la entrada y permanecer en medias tanto como durara la visita, así como también lavarnos las manos para mantener la limpieza del lugar. Ya en medias y con las manos limpias, procedíamos a entrar. Un señor de estatura promedio, bastante amable y cordial nos dio la bienvenida, nos atendió desde que pisamos el recinto y prácticamente fue nuestro guía en toda la experiencia. Nos brindó además vasta información sobre los orígenes de la asociación, la gente que la conformaba y las actividades realizadas diariamente. Para poder dejar huella de nuestra visita, tuvimos que acercarnos a la recepción del lugar, (a unos cuantos metros al frente de la puerta), para poner en una cartilla nuestro nombre, edad, y procedencia, y además dependiendo de las veces en que habíamos visitado el lugar, usábamos un color de tinta diferente para escribir. Nosotros, por ser primera vez, usamos el lapicero negro. Luego de esto, pasamos a hablar con la recepcionista para darle a conocer el motivo de nuestra visita, recibir información del grupo religioso (que venía en un pequeño libro que nos regalaron ahí mismo), y una colaboración voluntaria que depositabas en un sobre con tu nombre y edad y lo llevabas contigo a la altura del pecho hasta el tercer piso como ofrenda para Dios. Luego de esto y de recibir el folleto, el señor que nos atendió desde la entrada nos preguntó si realmente estábamos dispuestos a someternos a la llamada “imposición de manos”, que se creía sanaba males y te liberaba de la mala energía para eventualmente llevar una mejor y más larga vida. Al principio no sabía de qué estaba hablando, ya que lo primero que se me vino a la mente fue un señor vestido al estilo Budda, temblando al centro de una habitación y lanzando bendiciones por todos lados; pues no era así, no hasta que llegué y lo experimenté.

Yo y mis demás compañeros habíamos llegado con el espíritu de someternos a cualquier cosa que nos ayude a descubrir en primera persona la sensación transmitida y percibida por miembros de la asociación en esta actividad y comprendimos que no había mejor manera de hacerlo que a través de la inmersión y participación activa de cada uno de nosotros. Es por eso que aceptamos y nos dirigimos en compañía de nuestro guía-instructor hacia el tercer piso donde se llevaría a cabo la imposición. Yo sentía que estaba nervioso y temía la posibilidad de hacer algo mal o considerado “incorrecto” para ellos, que me haga pasar un mal momento o dejara disgustado a las personas del lugar. En realidad, por el contrario, fuimos tan bien instruidos en todo el camino hasta el último piso del recinto, que no cabía alguna duda de que lo haría bien y nadie me juzgaría por nada. En todo este recorrido, nunca dejé de sentir la fuerte energía del lugar, podía además percibir un zumbido dentro de mi cabeza y pequeñas ondas causadas por alguna razón que no lograba explicar. Era extraño, aunque no era la primera vez que me pasaba. Cuando llegamos, la primera impresión de ver a las personas sentadas, algunas con las manos alzadas hablando en voz alta un idioma diferente (que supuse era japonés), en una habitación amplia y ambientada, fue que era un estilo inusual de Yoga y que no sería tan difícil como pensé, aunque al final no fue así. Una señorita muy gustosamente nos atendió y nos llevó a una fila de sillas donde podíamos esperar nuestro turno leyendo un libro relacionado al tema u observando a los demás como se sometían. La posición de las personas dentro del espacio era bastante peculiar, algunas se encontraban sentadas en sillas, otras en la alfombra e incluso arrodilladas o echadas boca abajo paralelamente en filas y columnas a una cierta distancia de una a la otra, mientras algún miembro experimentado o dotado con la capacidad de transmisión y absorción de energía imponía las manos sobre el individuo inmóvil. Muchos de ellos se mostraban bastante relajados y “en paz”, lo que me hizo creer que después de todo nada podría ser tan malo como me lo imaginaba. No tardó mucho para que llegara mi turno, así que me llamaron para el saludo previo a la imposición. Primero, junto con el guía, me arrodillé al final de una alfombra larga que alcanzaba hasta el altar, (como cuando se van a casar en una iglesia), y que dividía en dos al grupo de personas que en el momento se encontraban sometidas a la imposición. Una vez arrodillado, pasé hacer unas venias y a saludar: “¡Buenas tardes!”, en voz alta hacia todos, los que a su vez respondieron en conjunto y con gratitud el mismo saludo. Consecuentemente, procedí a acercarme al altar, a arrodillarme nuevamente ante él y a realizar una serie de venias, una tras otra, hasta que el guía dio la orden de pararme y dirigirme a la persona que me impondría las manos. Una vez sentado en la silla de la “imposición”, el terapeuta u Okiyome, (como se hacía llamar), me saludó muy gustoso y me preguntó mi nombre, dónde estudiaba y el porqué de mi visita. En este momento, cometí el error más grande de todo el recorrido, cuando a la tercera pregunta respondí con: “Por un trabajo de antropología, necesitamos investigar sobre una asociación religiosa y someternos a lo que hacen”; esto fue lo peor que puede haber hecho, ya que el señor un poco disgustado y ofendido frunció el ceño y respondió con un “¿Qué?”, mirándome fijamente y posteriormente moviendo la cabeza de lado a lado en señal de desaprobación. Trató de ignorarlo y procedió a hacer unas cuantas venias más conmigo antes de iniciar. Todas las demás personas a mi alrededor continuaban con lo suyo y permanecían quietos en su lugar, al menos que ya hubieran terminado y sea hora de retirarse; la bulla no era problema para ellos ya que se encontraban muy concentrados o “metidos en sí mismos” como para hacer caso a ruidos. Luego de ello, el terapeuta me pidió que cerrara los ojos por 10 minutos, sin abrirlos por ningún motivo hasta que él lo diga. Después de esto, solo pude oírlo decir unas cuantas palabras rápidamente en japonés con periodos de silencio en ocasiones. Procedí, al abrir lo ojos, a echarme en un colchoneta con una manta que cubría la mitad de mi cuerpo, mientras que el Okiyome tocaba algunas partes de mi espalda y seguía repitiendo constantemente palabras en japonés. Al terminar la sesión, me sentía como “volando”, completamente relajado. El terapeuta me dijo al oído que ya había concluido la sesión y que me parara y doblara la manta que había usado. Esto me pareció muy raro, ya que fui el único al que le pidieron que lo haga, nadie más lo hizo. Me paré con un “Gracias, me siento muy relajado y mejor que antes”, sin recibir una respuesta. Regresé al altar, me despedí con las mismas venias que al principio y un fuerte buenos días para todos los presentes al final de la alfombra, tomé mis cosas y me senté leyendo en espera de mis demás compañeros. 

Fue una experiencia completamente fuera de lo común que me dejó sorprendido al poder ver que hay otras personas, en un sentido, iguales a mí, con diferentes percepciones y creencias acerca de la vida y diferentes maneras de vivirla, así como también la forma de comportarse y relacionarse muy gentilmente con otros, que si bien podrían no compartir las mismas concepciones e ideologías, son tan iguales a ellos como lo soy yo y por tanto merecen el mismo respeto y aceptación.

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4 comentarios:

  1. Bien, gracias por la descripción y la sinceridad

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  2. Las personas que trasmiten son Kumites, (Personas que trasmiten luz, ) Y Okiome es la Luz que se trasmite a la gente. Gracias por lo autentico y sin mentiras acerca de Sukio Mahikari.

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  3. No se imponen las manos ni se absorben energías, se emite Luz de Verdad y los Kumites actúan como un canal a través del cual circula la Luz de Dios para que pueda ser llevada a todas las personas que deseen purificar su alma. Gracias por los relatos.

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  4. Recién viví esa experiencia. La incorporo a mi vida.

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